sábado, 7 de noviembre de 2015

Libro recomendado: Las olas del mundo.

Título: Las olas del mundo
Autor: Alejandra Laurencich
Alfaguara, 2015
377 páginas



Hay dos temas recurrentes en la literatura y en el cine nacional. Uno, es todo lo que cineastas y escritores cuentan instalando sus historias en el conurbano bonaerense. Aquella (esta, la mía) es una tierra donde todo parece estar permitido, donde las reglas las ponen los propios ciudadanos y donde la magia está en cada esquina y nada tiene que ver con ilusionismo, sino con la cruda realidad. Los relatos del conurbano triunfan por lo salvaje, la tensión, la falsa distancia en donde parecieran ocurrir. El conurbano suena lejos pero está cerca de todos, aunque algunos no lo quieran ver.
El otro tema recurrente es el de la Dictadura. 
A más de treinta años de haber terminado, los años de plomo no dejan de traer historias nuevas. Con el paso del tiempo, cada nueva revelación fue bienvenida y tomada como punto de arranque de un nuevo enfoque de contar la tragedia. Por eso a veces se hace difícil encontrar alguna manera original de mostrar la Dictadura sin caer en la historia que ya conocemos, por suerte, de memoria. Pero hay un punto en donde los años oscuros parecen no terminar nunca, el punto donde lo vivido se vuelve único, personal, lo mismo que le pasó a todos pero distinto porque cada uno la sobrevivió a su manera: la historia familiar.
Es ahí donde entra Alejandra Laurencich y su brutal novela "Las olas del mundo", uno de mis libros preferidos de 2015.


"... Pero el plato fuerte de mis lecturas no estaba en la libretita sino en algo que reservaba para la noche: el montón de cartas que había encontrado unidas por una gomita elástica. Allí me enteraba de las cosas que Fabián escribiría a sus amigos o amigas de Buenos Aires cuando estaba veraneando (...) Cuando volviera a Buenos Aires, Marí se deslumbraría con mi conocimiento de libros, películas, lugares y hasta las palabras que utilizaban los más grandes. Tenía para entretenerme, las había ordenado por fechas y me faltaban unas quince por leer. Había algunas cartas de Nacho, en las que firmaba: Luche y vuelve."


Y es que la autora no podría haber contado esta historia con tanta crueldad y belleza de no haber sido su propia historia. Desde sus años de infancia hasta ya adulta, la vida de la protagonista Andrea se divide entre la ficción y la realidad, lo que los grandes inventan ––ocultan–– para ella y lo que ella con el tiempo irá descubriendo.
Y luego, un pequeño error inocente en sus juegos de niña la acompañará el resto de su vida para llegar a un final en donde todo pareciera no haber tenido sentido. La última frase del libro pone al lector al borde de un abismo donde cada uno debe decidir si saltar o no.

lunes, 26 de octubre de 2015

Mal comienzo en el mundo Murakami

Si bien Haruki Murakami es el autor japonés del momento, y si bien hace varios años que vengo escuchando hablar sobre él y su merecimiento del premio Nobel de Literatura, no fue sino hasta hace alrededor de un mes que me decidí por fin a leer su obra. Por alguna razón venía evitando sus libros, como si la intuición ––aquella que desarrollamos los lectores entrenados ante cierto tipo de autores, y que nos dice cuándo debemos leer un libro y cuando no––, bien, esa intuición me decía que no encontraría nada interesante en Murakami, y finalmente tal presentimiento fue acertado. "Tokio blues (Norwegian Wood)" es un relato de casi 400 páginas sobre nada:  
 
"En cuanto acabaron los exámenes empecé a buscar piso. Una semana después encontré un lugar adecuado en las afueras de Kichijoji. (...) El propietario usaba la fachada principal, y yo, la trasera, lo que me permitiría preservar la privacidad. Contaba con un dormitorio, una cocina pequeña, un baño y un armario más amplio de lo que podía desear. Incluso tenía un porche que daba al jardín. Me lo alquilaron por una cantidad más que razonable bajo la condición de que, si al año siguiente un nieto de los dueños venía a Tokio, yo dejaría la casa. Los dueños, un anciano matrimonio muy agradable, me dijeron que hiciera lo que quisiera, que ellos no me darían problemas."

Este soporífero párrafo es una muestra de la intención narrativa que recorre toda la novela. Murakami cuenta en "Tokio Blues" la vida de un adolescente estudiante de Tokio que tiene amigos, una novia, cierta amante, un trabajo, una casa. En definitiva, la vida de cualquiera. No hay un pretexto que dé ganas de pasar la página. Y sin embargo ahí estoy, luchando por terminarla sin saber por qué.
He leído que "Tokio Blues" no es la novela más distintiva de Murakami, y que incluso en esta obra se aleja de su estilo surrealista característico (realmente lo hace, porque no encuentro ningún elemento de esa corriente en esta simple historia cotidiana). Quizá le dé una oportunidad más a este autor, pero, habiendo tanto por leer, lamentablemente el japonés no supo atraparme desde el principio, y probablemente pase a los anaqueles del olvido.   


viernes, 16 de octubre de 2015

Ese algo especial de Kerouac

Fue una noche silenciosa y fría, quizás en el invierno de 2012, cuando subrayé una frase en mi ejemplar de "En el camino" que leía sentado en un café cerca de casa. Había descubierto ese encanto tan particular en la forma en que Jack Kerouac te lleva a su mundo, y no quise que se me escapara. Hay quienes dicen que Scott Fitzgerald también tenía tal encanto, y yo también lo creo y creo que eso es algo que no puede obtenerse en un taller literario o en la escuela de Letras. El encanto se tiene o no se tiene. Bien, volviendo a aquella noche de invierno en que subrayé la frase, y aunque con el tiempo perdí ese ejemplar y ya no recuerdo qué era lo que había subrayado, lo que importó en ese momento fue el descubrimiento en sí. Había descubierto qué es lo que lleva a un escritor a ser único, o, mejor dicho, a ser particular. A tener estilo.
En "La vanidad de los Duluoz", mi novela preferida de Kerouac que releí en el último tiempo, descubrí todo un párrafo por demás encantador.
Aquí va: 
   

"En las tardes de otoño, en Massachusetts, antes de la guerra, siempre veías a algún tipo camino de casa, para cenar, con los puños profundamente enterrados en los bolsillos de la cazadora, silbando y caminando, entregado a sus propios pensamientos, sin tan siquiera mirar a las demás personas que iban por la acera. Y después de la cena siempre volvías a verlo apresurándose por el mismo camino en dirección a la confitería de la esquina, o para ver a Joe, o una película, o camino de unos billares, o a hacer el turno de noche en un taller, o a ver a su chica. Eso ya no se ve en América, y no solo porque todo el mundo conduce un coche y va con la cabeza estúpidamente erguida guiando esa máquina idiota entre los peligros y tribulaciones del tráfico, sino porque hoy en día nadie camina despreocupadamente con la cabeza baja y silbando; todo el mundo mira a las demás personas que van por la acera con culpabilidad o, lo que es aún peor, con una curiosidad y un interés fingidos y, en ciertos casos, con aire de "estar al loro", de "no querer perderse nada", como quien dice, mientras que en los años treinta había películas de Wallace Beery en las que él daba media vuelta en la cama al ver que el día era lluvioso y decía: "Qué tanto, voy a dormirme otra vez, de todos modos no me perderé nada". Y nunca se perdía nada. Hoy oímos hablar de contribuciones creativas a la sociedad y nadie se atreve a pasarse durmiendo un día lluvioso ni a pensar que realmente no se va a perder nada."




¿Qué hace a este pequeño relato de la vida suburbana tan reconocible en la pluma de Jack K?
Subrayé dos momentos geniales:
-"Para ver a Joe". Kerouac no dice para ver a alguien, o para ver a un amigo. No. Él dice "Joe". Joe es el amigo que todos tenemos, aquel con el que podemos pasar una noche cualquiera hablando de cualquier cosa, en un día cualquiera de la semana cuando no tenemos nada que hacer. Joe son todos los amigos a la vez. Kerouac dice Joe y así le da identidad al todo y, en definitiva, a la nada.
-"Eso ya no se ve en América". Esta es la ambición de un narrador con ganas de retratar no solo su pequeño mundo, sino el de todos quienes lo rodean. En su juventud Kerouac anduvo las rutas de su país y creía estar preparado para hablar de "América" cuando algo le llamaba la atención o no se le apetecía en gracia. Y es que si se es parte de un mundo propio, inevitablemente lo que le pasa a uno es lo que les pasa a los demás.  

Vayamos entonces por el camino de Kerouac. Vivamos el mundo admirados y sorprendidos de nosotros mismos. 


domingo, 4 de octubre de 2015

Frankenstein, libro y monstruo, sobreviven el paso del tiempo

Frankenstein es una de esas historias que uno cree que ya se la sabe. La historia del científico loco que inventa un humanoide al que le da vida por medio de rayos de tormenta la vimos repasada una y otra vez en distintas épocas y formatos. En la cúspide de su obra, el científico grita está vivo, esta vivo, y este sería un gran momento de la novela... si en realidad existiera tal momento. Lo cierto es que Víctor Frankenstein jamás grita nada. Es una suerte de "tócala de nuevo, Sam" de la novela gótica. Un "ser o no ser" posterior. Escenas que no existen pero que pasan a la inmortalidad.
Ahora bien, el Frankenstein de Mary Shelley no necesita nada de esto para ser una obra cumbre de la literatura universal. Sí: ese monstruito simpático de las películas para chicos resulta salido de una de las novelas más increíbles que leí en mi vida. 
La historia de vida y muerte, de soledad, de acoso ––hoy en día podríamos decir que el monstruo es víctima de bullying, y aún así no logramos ponernos de acuerdo en si es culpable o no de la destrucción que genera––, la pobre vida de Víctor Frankenstein, condenado por su propia lúgubre creación, nos da la idea de que para los primeros años del siglo XIX ya teníamos un nuevo clásico, aunque quizá por entonces nadie lo sabía. Los clásicos necesitan del paso del tiempo para reafirmarse, y Frankenstein supera la prueba sin dificultad.
Mary Shelley, la autora, concibió su obra maestra en un viaje de veraneo junto a su marido en Suiza. La publicación fue en 1818, aunque se conoce una versión de 1813 mucho más oscura y difícil de conseguir. Sin embargo, corregida o no, la novela de Shelley es una profunda reflexión sobre los alcances de la ciencia, hasta dónde puede la humanidad echar mano a lo que no le corresponde, y cuáles serían sus consecuencias. Pero Frankenstein también es, en el fondo, la historia de un pobre engendro discriminado que no encontró su lugar. La historia que a todos nos tocó sufrir en algún momento de nuestras vidas.     


viernes, 19 de septiembre de 2014

A 100 años de la Primera Guerra Mundial: Adiós a las armas

La Primera Guerra Mundial estalló por el asesinato de un archiduque austríaco en 1914. Cuatro años después, aún en guerra, un joven norteamericano llamado Ernest Hemingway se enroló en el frente italiano como conductor de ambulancias.
Tiempo después del final de la guerra, en 1929, Hemignway publicó su tercera novela, "Adiós a las armas", donde relata la historia de un conductor de ambulancias que resulta herido y luego conoce y se enamora de una enfermera durante su internación.
Adivinaron: "Adiós a las armas" es en su mayor parte autobiográfica.
Se trata de una novela directa, cruda y bella. Hemingway narra con encanto su peregrinaje por la Europa bombardeada hasta que consigue escapar de la guerra cruzando un lago italiano en dirección a Suiza.
Todo es encantador y trágico.
Todo, hasta el final.
La Primera Guerra Mundial se llevó 9 millones de vidas, y resulta increíble pensar que de todas ellas no se llevó la de Hemingway. De haber sido así, nos hubiésemos perdido a uno de los más geniales novelistas de la historia, pero decir esto es injusto y cruel con los que sufrieron a las víctimas.
Tan injusto y cruel como una guerra.

 
 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Cine. Crítica: "El crítico"

Ficha técnica: El crítico (Argentina-Chile, 2013).
Dirección: Hernán Guerschuny
Elenco: Rafael Spregelburd, Dolorez Fonzi
Duración: 98 minutos
Mi puntuación: 1 estrella.



Hay algo que no me termina de cerrar en este tipo de películas argentinas: la involuntaria intención de aburrir. Tras una buena idea, un buen guión y un elenco de entrada atrayente, aparece una película lenta, de diálogos densos y forzados, personajes olvidables y una realización técnica dudosa. Es una pena ver esta película después de haber visto Relatos Salvajes. Si bien es cierto que la película de Szifrón puso el listón demasiado alto, es evidente que algunos otros directores argentinos todavía no entienden que las películas hay que hacerlas para el público, y no para ellos mismos y sus amigos cinéfilos (o críticos).
Como dije, la película es aburrida. A la media hora de cinta me di cuenta de que aún no había conflicto, de que lo único que estuve viendo fueron escenas de la vida cotidiana de Victor, el protagonista. Y la verdad, para ver la vida de un tipo, prefiero ver la mía. O al menos la de un tipo interesante, porque el personaje de Víctor, si bien intenta ser parco y seco y poco amigable, lo que finalmente pasa es que uno no logra simpatizar con él. Por otro lado, además, Víctor tiene una sobrina adolescente, un personaje chato que parece sacado de "La ciénaga" y que hace pensar por qué los directores tienen esa creencia de que un personaje desalmado, sin ángel, que habla con una monotonía que exacerba, que dice las líneas como si las estuviera leyendo del guión, por qué creen que eso es darle prestancia a un film. Ver este tipo de personajes naif en las películas argentinas verdaderamente cansa.
Para la hora de película nos damos cuenta de que lo más importante es ver si el protagonista consigue o no departamento nuevo para vivir. Esa parece ser la única cuestión del relato, y ciertamente es muy poco atractivo. En serio, no me interesa ver una película donde tengo que esperar hasta el final a ver si un tipo consigue o no departamento.
El personaje de Dolores Fonzi está bien, pero habla con acento mezcla porteño con modismos españoles, y resulta un tanto impostado y disonante. Llega a molestar al oído.
El chiste de que durante toda la película los pensamientos de Victor sean en francés no llega a ser gracioso. Está bien, quizá la intención no era hacer un chiste, pero de todas maneras en casi ningún momento de la cinta encontramos momentos graciosos. Encontramos intenciones. Pero no alcanza. Ningún personaje genera empatía.
Para el final de la historia se suceden una serie de escenas que le dan a la película un aire de thriller tan inesperado como desubicado, fuera de contexto con el tono que venía trayendo el relato.
En un reportaje a Hernán Guerschuny leí que el director se quejaba de la poca difusión y las pocas posibilidades que tiene el cine nacional frente a las películas norteamericanas. Esto puede ser cierto, pero películas como "El crítico" no ayudan a llevar al gran público al cine. O, en todo caso, ayudan a que el gran público elija las norteamericanas.