En YouTube se puede disfrutar de "Borges por Piglia" completo. Cada tanto también lo repiten en la TVP. Ricardo Piglia recorre la vida de Borges de manera inquisitiva y profunda. Sin embargo, en cierto momento del programa, antes de ir a un corte, Piglia dispara una frase que me motivó a escribir esta nota. Piglia dice: "Bioy Casares siempre fue un pavote".
Bien, pongámoslo en contexto.
Piglia acababa de leer un fragmento del prólogo de la "Antología de la literatura fantástica", que publicaran Bioy y Borges y Silvina Ocampo en 1940. Una joya, por cierto. Búsquenla. Léanla. En aquel fragmento citado por Piglia en el programa, Bioy decía:
Con "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", Borges ha creado un nuevo género literario, que participa del ensayo y de la ficción; son ejercicios de incesante inteligencia y de imaginación feliz, carentes de languideces, de todo elemento humano, patético o sentimental, y destinados a lectores intelectuales, estudiosos de filosofía, casi especialista".
Luego Piglia dice lo de pavote. Entonces me surgió una pregunta: ¿Acaso alguien está a salvo de la crítica? Pero no hablo de la crítica puntual de una obra, sino más bien de aquellos que hagas lo que hagas, te esfuerces cuánto te esfuerces, siempre van a decir que lo tuyo apesta. O peor, que no tiene ningún valor. Y es que si Piglia puede decirle pavote a Bioy, de nada vale esforzarse día a día por trabajar mejor nuestros textos. ¿Para qué? Siempre va a haber alguien que los deplore. Virginia Woolf decía que Joyce solo era un adolescente rasándose los barros. El primer editor que rechazó a Proust dijo que no podía publicar una novela donde el personaje se tome treinta páginas para levantarse de la cama. Y sin embargo ahí está Joyce. Ahí está Proust. Siempre están. ¿Desde qué lugar Piglia entonces dice lo que dice? La obra de Bioy será recordada. La de Piglia... también, pero él no es Bioy.
Una madrugada de principios de los ´90, cuando tenía unos nueve o diez años, mi hermano y yo fuimos al departamento de nuestro vecino a ver una película absolutamente desconocida que trataba sobre un payaso asesino. Nada que en principio pudiera sonar demasiado aterrador. Pero fue ya desde la primera escena, cuando el payaso aparece detrás de las sábanas colgadas y dice simplemente "hola", que aquel personaje marcó para siempre mi manera de sentir el miedo. Nada en mi vida volvería a causarme tanto terror como aquel payaso. Estoy hablando, por supuesto, de Pennywise, también conocido como Bob Gray, la criatura comedora de niños salida del retorcido cerebro de Stephen King.
Unos años después, ya de adolescentes y durante un verano en Mar del Plata, con mi hermano vimos en una librería un ejemplar de "IT", y los dos quedamos deslumbrados por estar frente a un ejemplar de aquella historia que nos había puesto los pelos de punta esa noche en casa de nuestro vecino. Pero también estábamos abrumados por lo que podrían contener las páginas de ese libro maldito. Nuestro papá nos compró ese ejemplar de más de mil cuatrocientas páginas con la promesa de que lo leeríamos sí o sí. Supongo que fue un intento de nuestro padre por meternos en el mundo de la literatura. Bien por él.
Sin embargo, los años pasaron y ninguno de los dos se animó a enfrentarse con semejante monstruo de papel. A veces, cada tanto, el chiste era abrir cualquier página del libro e intentar encontrar un pasaje de la película. Pero lo cierto es que se hacía muy difícil ubicar un momento del film entre tantas escenas.
Con el tiempo, aquel ejemplar se perdió.
Y no fue hasta hace unos meses cuando me encontré en la librería con una nueva edición de IT, de pulida tapa blanca con la cara del payaso en color rojo sangre, que me decidí por fin a descubrir de una vez por todas la verdadera historia del payaso asesino tal como la contó Stephen King desde su magistral y perturbada pluma.
Era el momento de enfrentar los miedos de la infancia.
Bien, la novela es maravillosa. Tan buena como "El resplandor", quizá la mejor de King. Y mil veces más espeluznante que la película. Sin dudas. Acá van, entonces, dos pasajes de IT:
[...]No era la última página del álbum, pero sí la última que importaba, porque las siguientes estaban en blanco. La última fotografía era la del curso de George, tomada en octubre del año pasado, diez días antes de que muriera. Se lo veía con una camisa de marinero, el pelo rebelde aplastado con agua. Estaba muy sonriente, con dos huecos en la dentadura donde jamás crecerían dientes nuevos... <A menos que sigan creciendo después de la muerte>, pensó Bill y se estremeció.
Miró con fijeza la fotografía por un rato. Estaba por cerrar el libro cuando lo de diciembre volvió a ocurrir.
En la fotografía, los ojos de George se movieron.
Buscaron los de Bill. Su sonrisa importada, de fotografía, se convirtió en una horrible mueca libidinosa. Su ojo derecho se cerró con un guiño: <Nos veremos pronto, Bill. En mi armario. Tal vez esta noche.>
Bill arrojó el libro al otro lado de la habitación y se cubrió la boca con las manos.
El álbum chocó contra la pared y cayó al suelo, abierto. Las páginas se volvieron, aunque no había corriente de aire, y el libro quedó mostrando otra vez esa horrible foto, la que rezaba: <Amigos de la escuela, 1955-1058.>
La foto empezó a sangrar.
Bill quedó petrificado. Quiso gritar, pero de su boca solo surgieron débiles gemidos.
La sangre corrió por la página y comenzó a gotear al suelo.
Bill huyó de la habitación.
[...]El canal estaba congelado en su zanja de cemento como un helado río de leche, con la superficie abultada, resquebrajada, nubosa. Aunque inmóvil, se lo veía completamente vivo bajo esa áspera luz puritana; poseía una belleza propia, única y difícil.
Ben giró en dirección contraria: hacia el sudoeste. Hacia Los Barrens. Cuando miró en esa dirección, el viento quedó otra vez a su espalda haciéndole flamear los pantalones de nieve. El canal corría en línea recta, entre sus paredes de cemento, quizá por unos ochocientos metros; después, el cemento desaparecía y el río se despatarraba en Los Barrens, que en esa temporada eran un esquelético mundo de malezas heladas y salientes ramas desnudas.
Allí abajo, en el hielo, había una silueta de pie.
Ben la miró. <Puede haber un hombre allí abajo, pero ¿es posible que esté vestido con lo que le veo? Es imposible>, pensó.
La figura vestía un traje de payaso, blanco plateado, que se sacudía contra él en ese viento polar. Calzaba enormes zapatos naranja, haciendo juego con los pompones que adornaban en hilera la pechera de su traje. Con una mano sujetaba un manojo de cordeles que se elevaba hasta un colorido manojo de globos.[...]Tenía que ser una alucinación o un espejismo provocado por algún curioso efecto del clima. Podía haber un hombre allí abajo, en el hielo; hasta era teóricamente posible, quizá, que vistiera un traje de payaso. Pero los globos no podían flotar hacia Ben, contra el viento. Sin embargo, eso parecía.
––¡Ben! ––llamó el payaso desde el hielo. Ben pensó que la voz estaba solo en su mente, aunque parecía oírla con los oídos––. ¿Quieres un globo, Ben?
Título: Las olas del mundo
Autor: Alejandra Laurencich
Alfaguara, 2015
377 páginas
Hay dos temas recurrentes en la literatura y en el cine nacional. Uno, es todo lo que cineastas y escritores cuentan instalando sus historias en el conurbano bonaerense. Aquella (esta, la mía) es una tierra donde todo parece estar permitido, donde las reglas las ponen los propios ciudadanos y donde la magia está en cada esquina y nada tiene que ver con ilusionismo, sino con la cruda realidad. Los relatos del conurbano triunfan por lo salvaje, la tensión, la falsa distancia en donde parecieran ocurrir. El conurbano suena lejos pero está cerca de todos, aunque algunos no lo quieran ver.
El otro tema recurrente es el de la Dictadura.
A más de treinta años de haber terminado, los años de plomo no dejan de traer historias nuevas. Con el paso del tiempo, cada nueva revelación fue bienvenida y tomada como punto de arranque de un nuevo enfoque de contar la tragedia. Por eso a veces se hace difícil encontrar alguna manera original de mostrar la Dictadura sin caer en la historia que ya conocemos, por suerte, de memoria. Pero hay un punto en donde los años oscuros parecen no terminar nunca, el punto donde lo vivido se vuelve único, personal, lo mismo que le pasó a todos pero distinto porque cada uno la sobrevivió a su manera: la historia familiar.
Es ahí donde entra Alejandra Laurencich y su brutal novela "Las olas del mundo", uno de mis libros preferidos de 2015.
"... Pero el plato fuerte de mis lecturas no estaba en la libretita sino en algo que reservaba para la noche: el montón de cartas que había encontrado unidas por una gomita elástica. Allí me enteraba de las cosas que Fabián escribiría a sus amigos o amigas de Buenos Aires cuando estaba veraneando (...) Cuando volviera a Buenos Aires, Marí se deslumbraría con mi conocimiento de libros, películas, lugares y hasta las palabras que utilizaban los más grandes. Tenía para entretenerme, las había ordenado por fechas y me faltaban unas quince por leer. Había algunas cartas de Nacho, en las que firmaba: Luche y vuelve."
Y es que la autora no podría haber contado esta historia con tanta crueldad y belleza de no haber sido su propia historia. Desde sus años de infancia hasta ya adulta, la vida de la protagonista Andrea se divide entre la ficción y la realidad, lo que los grandes inventan ––ocultan–– para ella y lo que ella con el tiempo irá descubriendo.
Y luego, un pequeño error inocente en sus juegos de niña la acompañará el resto de su vida para llegar a un final en donde todo pareciera no haber tenido sentido. La última frase del libro pone al lector al borde de un abismo donde cada uno debe decidir si saltar o no.
Si bien Haruki Murakami es el autor japonés del momento, y si bien hace varios años que vengo escuchando hablar sobre él y su merecimiento del premio Nobel de Literatura, no fue sino hasta hace alrededor de un mes que me decidí por fin a leer su obra. Por alguna razón venía evitando sus libros, como si la intuición ––aquella que desarrollamos los lectores entrenados ante cierto tipo de autores, y que nos dice cuándo debemos leer un libro y cuando no––, bien, esa intuición me decía que no encontraría nada interesante en Murakami, y finalmente tal presentimiento fue acertado. "Tokio blues (Norwegian Wood)" es un relato de casi 400 páginas sobre nada:
"En cuanto acabaron los exámenes empecé a buscar piso. Una semana después encontré un lugar adecuado en las afueras de Kichijoji. (...) El propietario usaba la fachada principal, y yo, la trasera, lo que me permitiría preservar la privacidad. Contaba con un dormitorio, una cocina pequeña, un baño y un armario más amplio de lo que podía desear. Incluso tenía un porche que daba al jardín. Me lo alquilaron por una cantidad más que razonable bajo la condición de que, si al año siguiente un nieto de los dueños venía a Tokio, yo dejaría la casa. Los dueños, un anciano matrimonio muy agradable, me dijeron que hiciera lo que quisiera, que ellos no me darían problemas."
Este soporífero párrafo es una muestra de la intención narrativa que recorre toda la novela. Murakami cuenta en "Tokio Blues" la vida de un adolescente estudiante de Tokio que tiene amigos, una novia, cierta amante, un trabajo, una casa. En definitiva, la vida de cualquiera. No hay un pretexto que dé ganas de pasar la página. Y sin embargo ahí estoy, luchando por terminarla sin saber por qué.
He leído que "Tokio Blues" no es la novela más distintiva de Murakami, y que incluso en esta obra se aleja de su estilo surrealista característico (realmente lo hace, porque no encuentro ningún elemento de esa corriente en esta simple historia cotidiana). Quizá le dé una oportunidad más a este autor, pero, habiendo tanto por leer, lamentablemente el japonés no supo atraparme desde el principio, y probablemente pase a los anaqueles del olvido.
Fue una noche silenciosa y fría, quizás en el invierno de 2012, cuando subrayé una frase en mi ejemplar de "En el camino" que leía sentado en un café cerca de casa. Había descubierto ese encanto tan particular en la forma en que Jack Kerouac te lleva a su mundo, y no quise que se me escapara. Hay quienes dicen que Scott Fitzgerald también tenía tal encanto, y yo también lo creo y creo que eso es algo que no puede obtenerse en un taller literario o en la escuela de Letras. El encanto se tiene o no se tiene. Bien, volviendo a aquella noche de invierno en que subrayé la frase, y aunque con el tiempo perdí ese ejemplar y ya no recuerdo qué era lo que había subrayado, lo que importó en ese momento fue el descubrimiento en sí. Había descubierto qué es lo que lleva a un escritor a ser único, o, mejor dicho, a ser particular. A tener estilo.
En "La vanidad de los Duluoz", mi novela preferida de Kerouac que releí en el último tiempo, descubrí todo un párrafo por demás encantador.
Aquí va:
"En las tardes de otoño, en Massachusetts, antes de la guerra, siempre veías a algún tipo camino de casa, para cenar, con los puños profundamente enterrados en los bolsillos de la cazadora, silbando y caminando, entregado a sus propios pensamientos, sin tan siquiera mirar a las demás personas que iban por la acera. Y después de la cena siempre volvías a verlo apresurándose por el mismo camino en dirección a la confitería de la esquina, o para ver a Joe, o una película, o camino de unos billares, o a hacer el turno de noche en un taller, o a ver a su chica. Eso ya no se ve en América, y no solo porque todo el mundo conduce un coche y va con la cabeza estúpidamente erguida guiando esa máquina idiota entre los peligros y tribulaciones del tráfico, sino porque hoy en día nadie camina despreocupadamente con la cabeza baja y silbando; todo el mundo mira a las demás personas que van por la acera con culpabilidad o, lo que es aún peor, con una curiosidad y un interés fingidos y, en ciertos casos, con aire de "estar al loro", de "no querer perderse nada", como quien dice, mientras que en los años treinta había películas de Wallace Beery en las que él daba media vuelta en la cama al ver que el día era lluvioso y decía: "Qué tanto, voy a dormirme otra vez, de todos modos no me perderé nada". Y nunca se perdía nada. Hoy oímos hablar de contribuciones creativas a la sociedad y nadie se atreve a pasarse durmiendo un día lluvioso ni a pensar que realmente no se va a perder nada."
¿Qué hace a este pequeño relato de la vida suburbana tan reconocible en la pluma de Jack K?
Subrayé dos momentos geniales:
-"Para ver a Joe". Kerouac no dice para ver a alguien, o para ver a un amigo. No. Él dice "Joe". Joe es el amigo que todos tenemos, aquel con el que podemos pasar una noche cualquiera hablando de cualquier cosa, en un día cualquiera de la semana cuando no tenemos nada que hacer. Joe son todos los amigos a la vez. Kerouac dice Joe y así le da identidad al todo y, en definitiva, a la nada.
-"Eso ya no se ve en América". Esta es la ambición de un narrador con ganas de retratar no solo su pequeño mundo, sino el de todos quienes lo rodean. En su juventud Kerouac anduvo las rutas de su país y creía estar preparado para hablar de "América" cuando algo le llamaba la atención o no se le apetecía en gracia. Y es que si se es parte de un mundo propio, inevitablemente lo que le pasa a uno es lo que les pasa a los demás.
Vayamos entonces por el camino de Kerouac. Vivamos el mundo admirados y sorprendidos de nosotros mismos.
Frankenstein es una de esas historias que uno cree que ya se la sabe. La historia del científico loco que inventa un humanoide al que le da vida por medio de rayos de tormenta la vimos repasada una y otra vez en distintas épocas y formatos. En la cúspide de su obra, el científico grita está vivo, esta vivo, y este sería un gran momento de la novela... si en realidad existiera tal momento. Lo cierto es que Víctor Frankenstein jamás grita nada. Es una suerte de "tócala de nuevo, Sam" de la novela gótica. Un "ser o no ser" posterior. Escenas que no existen pero que pasan a la inmortalidad.
Ahora bien, el Frankenstein de Mary Shelley no necesita nada de esto para ser una obra cumbre de la literatura universal. Sí: ese monstruito simpático de las películas para chicos resulta salido de una de las novelas más increíbles que leí en mi vida.
La historia de vida y muerte, de soledad, de acoso ––hoy en día podríamos decir que el monstruo es víctima de bullying, y aún así no logramos ponernos de acuerdo en si es culpable o no de la destrucción que genera––, la pobre vida de Víctor Frankenstein, condenado por su propia lúgubre creación, nos da la idea de que para los primeros años del siglo XIX ya teníamos un nuevo clásico, aunque quizá por entonces nadie lo sabía. Los clásicos necesitan del paso del tiempo para reafirmarse, y Frankenstein supera la prueba sin dificultad.
Mary Shelley, la autora, concibió su obra maestra en un viaje de veraneo junto a su marido en Suiza. La publicación fue en 1818, aunque se conoce una versión de 1813 mucho más oscura y difícil de conseguir. Sin embargo, corregida o no, la novela de Shelley es una profunda reflexión sobre los alcances de la ciencia, hasta dónde puede la humanidad echar mano a lo que no le corresponde, y cuáles serían sus consecuencias. Pero Frankenstein también es, en el fondo, la historia de un pobre engendro discriminado que no encontró su lugar. La historia que a todos nos tocó sufrir en algún momento de nuestras vidas.
La Primera Guerra Mundial estalló por el asesinato de un archiduque austríaco en 1914. Cuatro años después, aún en guerra, un joven norteamericano llamado Ernest Hemingway se enroló en el frente italiano como conductor de ambulancias.
Tiempo después del final de la guerra, en 1929, Hemignway publicó su tercera novela, "Adiós a las armas", donde relata la historia de un conductor de ambulancias que resulta herido y luego conoce y se enamora de una enfermera durante su internación.
Adivinaron: "Adiós a las armas" es en su mayor parte autobiográfica.
Se trata de una novela directa, cruda y bella. Hemingway narra con encanto su peregrinaje por la Europa bombardeada hasta que consigue escapar de la guerra cruzando un lago italiano en dirección a Suiza.
Todo es encantador y trágico.
Todo, hasta el final.
La Primera Guerra Mundial se llevó 9 millones de vidas, y resulta increíble pensar que de todas ellas no se llevó la de Hemingway. De haber sido así, nos hubiésemos perdido a uno de los más geniales novelistas de la historia, pero decir esto es injusto y cruel con los que sufrieron a las víctimas.
Ficha técnica: El crítico (Argentina-Chile, 2013).
Dirección: Hernán Guerschuny
Elenco: Rafael Spregelburd, Dolorez Fonzi
Duración: 98 minutos
Mi puntuación: 1 estrella.
Hay algo que no me termina de cerrar en este tipo de películas argentinas: la involuntaria intención de aburrir. Tras una buena idea, un buen guión y un elenco de entrada atrayente, aparece una película lenta, de diálogos densos y forzados, personajes olvidables y una realización técnica dudosa. Es una pena ver esta película después de haber visto Relatos Salvajes. Si bien es cierto que la película de Szifrón puso el listón demasiado alto, es evidente que algunos otros directores argentinos todavía no entienden que las películas hay que hacerlas para el público, y no para ellos mismos y sus amigos cinéfilos (o críticos).
Como dije, la película es aburrida. A la media hora de cinta me di cuenta de que aún no había conflicto, de que lo único que estuve viendo fueron escenas de la vida cotidiana de Victor, el protagonista. Y la verdad, para ver la vida de un tipo, prefiero ver la mía. O al menos la de un tipo interesante, porque el personaje de Víctor, si bien intenta ser parco y seco y poco amigable, lo que finalmente pasa es que uno no logra simpatizar con él. Por otro lado, además, Víctor tiene una sobrina adolescente, un personaje chato que parece sacado de "La ciénaga" y que hace pensar por qué los directores tienen esa creencia de que un personaje desalmado, sin ángel, que habla con una monotonía que exacerba, que dice las líneas como si las estuviera leyendo del guión, por qué creen que eso es darle prestancia a un film. Ver este tipo de personajes naif en las películas argentinas verdaderamente cansa.
Para la hora de película nos damos cuenta de que lo más importante es ver si el protagonista consigue o no departamento nuevo para vivir. Esa parece ser la única cuestión del relato, y ciertamente es muy poco atractivo. En serio, no me interesa ver una película donde tengo que esperar hasta el final a ver si un tipo consigue o no departamento.
El personaje de Dolores Fonzi está bien, pero habla con acento mezcla porteño con modismos españoles, y resulta un tanto impostado y disonante. Llega a molestar al oído.
El chiste de que durante toda la película los pensamientos de Victor sean en francés no llega a ser gracioso. Está bien, quizá la intención no era hacer un chiste, pero de todas maneras en casi ningún momento de la cinta encontramos momentos graciosos. Encontramos intenciones. Pero no alcanza. Ningún personaje genera empatía.
Para el final de la historia se suceden una serie de escenas que le dan a la película un aire de thriller tan inesperado como desubicado, fuera de contexto con el tono que venía trayendo el relato.
En un reportaje a Hernán Guerschuny leí que el director se quejaba de la poca difusión y las pocas posibilidades que tiene el cine nacional frente a las películas norteamericanas. Esto puede ser cierto, pero películas como "El crítico" no ayudan a llevar al gran público al cine. O, en todo caso, ayudan a que el gran público elija las norteamericanas.
En las últimas semanas se me acumularon los temas sobe los cuales me gustaría hablar en mi blog. Después sucedió algo gracioso y es que, cuando me di cuenta, tenía un extenso sumario de notas y cada vez menos, menos y menos tiempo de sentarme a escribir.
También pasó que no pude dejar de dedicarme a un momento crucial de la segunda novela que estoy escribiendo ––que se llama La bella pérdida; ya hablaré de eso más adelante––, y todo esto hizo que cada vez que me sentaba en la compu abriera el archivo de la novela y dejara el blog para mañana. Esa es la excusa de haber estado ausente de LoqueIvánpiensa. Me pido perdón por eso. Y a los lectores también.
Sin embargo, hoy sábado a la mañana sucedió un imprevisto.
Me desperté alrededor de las diez y media y me quedé paveando con el iPad en la cama. Dando vueltas por Twitter me detuve en una nota del suplemento Cultura del diario Perfil a cargo del escritor y crítico argentino Damián Tabarovsky. La nota era más bien una crítica sobre otra nota publicada en ese mismo suplemento a cargo de Betina Gonzalez. Betina hace una crítica sobre una novela, y Tabarovsky la cuestiona diciendo lo siguiente:
...Algo de eso ocurre en un párrafo crucial de la reseña de González cuando, para justificar su valoración negativa de la novela, escribe: “El problema es que los episodios se acumulan en la vida de Roque, pero Roque sigue siempre igual, como si nunca creciera (…) No hay relato porque no hay verdadera transformación del personaje ni verdaderos conflictos que hagan avanzar la trama”. Cada una de esas frases está cargada de la más convencional ideología literaria.
Quiero resaltar esta parte: "Cada una de esas frases está cargada de la más convencional ideología literaria".
Es evidente que, para Tabarovsky, el hecho de que una historia avance es convencional y, por lo tanto, malo.
Tabarovsky refuerza entonces su adhesión a la corriente literaria muy de moda en estos días que prefiere novelas donde no pase absolutamente nada. Esta corriente, amante de la historias donde los personajes "son" en vez de "hacen", es por demás hiriente al sentido fundamental y primario de la literatura, que es, en definitiva, contar una historia. Tabarovsky tal vez prefiera los relatos donde un tipo se sienta en la ventana a barruntar sobre la vida y la insignificancia del ser y luego... Y luego nada.
Quizá Tabarovsky hubiera preferido que, en Moby Dick, Ismael se pasara tres años arriba del Pequod observando el océano y pensando cómo sería cazar una ballena. O que nuestro amigo Raskólnikov en Crímen y castigo se pasara las 900 páginas pensando en cómo se sentiría matar a la vieja usurera Aliona Ivánovna. O que el intrépido detective Philip Marlowe, el de Chandler, se quedara en su estudio analizando la crueldad de la psiquis de los sospechosos a los que debería salir a investigar.
Bien, esta forma de pensar a la literatura no hace más que alejar al lector de los libros. Pero no estoy hablando del lector entrenado que, como yo, puede fumarse tranquilamente un Proust ––autor que Tabarovsky, en la nota, usa como referencia de novelas famosas en la que no pasa nada, pero tampoco estoy de acuerdo con eso porque, si bien los siete tomos de En busca del tiempo perdido son pensados por el narrador, más allá de esto la historia avanza y el personaje crece dentro de ese pensamiento––. No. Me refiero a que la corriente defensora del "no pasa nada" aleja al lector medio, el que quiere sentarse a leer una novela que lo atrape, que lo haga pasar página tras página y tenga ganas de ir a comprar otro libro del autor que tanto lo atrapó y del cual quiere conocer más.
En definitiva, aleja al lector que compra.
Si Tabarovsky quiere que lo lean él y su selecto grupo de amigos entendidos, perfecto.
En mayo de 2008 el dibujante Liniers Siri publicó un libro distinto a todas sus obras y, sin miedo a equivocarme, un libro distinto a todos los demás libros de historietas. Y es que hasta entonces nunca había visto un libro de viajes dibujado, y si Liniers se atrevió a hacerlo fue porque él es el distinto, el que le da una vuelta de tuerca más a la imaginación. El libro se llama Conejo de viaje, y sobre esta obra Liniers dijo una vez:
En ese viaje (a Berlín), cada uno de nosotros tenía que hacer una obra -porque los artistas hacen obras- sobre lo que nos significaba Berlín, qué era Berlín para nosotros. Cuestión que a mí me tocó abrir la presentación. Pero nos habían dado un día, con lo cual de Berlín no había mucho que decir. Y yo hice una historietita. Me acuerdo que era pésima, y como para darle un poco de onda me dibujé como conejo, porque en el mundo del arte, hacer cosas que nadie entiende está muy bien visto. Y como son artistas, nadie te pregunta. Y quedó ahí la historieta sobre dos o tres cosas que me habían llamado la atención en ese primer día.
A mí me encanta este pasaje: "...en el mundo del arte, hacer cosas que nadie entiende está muy bien visto. Y como son artistas, nadie te pregunta".
Es una forma divertida y sutil de burlarse del mundo al que el tipo pertenece, y, en definitiva, de burlarnos del mundo al que pertenecemos, sea cual sea.
Bien, yo di con Conejo de viaje casualmente al poco tiempo de haber sido editado. No sabía que Liniers iba a publicarlo, pero sí sabía de Liniers por haber seguido sus historietas desde los primeros Macanudos y antes también.
Así que seguramente poco después de mayo de 2008 ––supongo que habrá sido por entonces: no recuerdo la fecha exacta en que compré el libro, pero sí recuerdo haberme puesto contento por haberlo conseguido a los pocos días de haber sido editado, y esto, entonces, ponía en mis manos un ejemplar de la primera edición––, poco después de mayo de 2008, decía, me tocó irme de viaje de trabajo a Mar del Plata, y metí el Conejo de viaje en la valija y lo fue leyendo en el micro mientras el resto de mis compañeros dormía porque habíamos salido muy temprano.
A lo largo de sus 180 páginas Liniers nos cuenta las aventuras de sus viajes por el mundo desde el punto de vista de un tipo que se divierte con la cosas más mínimas, que se ríe con los amigos más extraños, que se enamora de la naturaleza y de los paisajes, y también se enamora de su mujer.
Liniers viaja y dibuja Berlín, Italia, España, La Antártida, Rosario, Villa Mercedes en San Luis; pierde su billetera, viaje en subte, se asusta con lobos marinos, viaja en ferry y en avión, se moja con la lluvía fría de Estocolmo.
Todo esto, claro, desde su lápiz. De fotos, nada. Solo una, al final, donde encima de la foto se dibujó las orejas de conejo con las que se representa él mismo como su personaje en papel.
Terminé de leer Conejo en aquel mismo viaje de trabajo a Mar del Plata. Desde entonces va siempre conmigo en la valija como amuleto, y cada tanto, cuando me aburro en algún micro, repaso algunas de sus páginas y viajo con el conejo más lejos de donde yo voy.
Entre las décadas de 1940 y 1950 surgió en Estados Unidos un movimiento literario al que sus propios miembros llamaron Beat. Beat, por "beat down": cansado o abatido, según la traducción.
¿De qué estaban cansados? ¿Quién los había abatido?
La Segunda Guerra Mundial, primero, y la posguerra después.
Scott Fitzgerald ya había escrito "El gran Gatsby". Hemingway pronto ganaría el Nobel de Literatura, y mientras tanto un grupete de vagos que había venido escribiendo desde principios de los ´40 empezaba a asomar con sus primeras genialidades, su propia visión de la norteamérica profunda, una visión honesta y cruda alejada del sueño americano de postal. Muchos fueron los nombres que se anotaron en este movimiento, pero yo tengo dos que, creo, destacan sobre el resto.
El primero fue el ídolo de los otros, aunque este ídolo no quería que lo incluyeran en el movimiento: William Burroughs.
"Cuando me levanté y empezaba a pasear, vino a hablar conmigo un psiquiatra. Era muy alto. Tenía largas piernas y un cuerpo grueso, en forma de pera con el extremo estrecho hacia arriba. Sonreía al hablar y tenía voz aflautada. No era afeminado. Sencillamente, no tenía nada de lo que, sea lo que sea, hace de un hombre un hombre. Era el doctor Fredericks, jefe psiquiátrico del sanatorio.
Me hizo la pregunta que hacen todos:
––¿Por qué siente la necesidad de consumir droga, señor Lee?
Cuando se oye esa pregunta, se puede estar completamente seguro de que quien la hace no sabe absolutamente nada de la droga.
––La necesito para salir de la cama por las mañanas, para afeitarme y para tomar el desayuno.
––Quiero decir físicamente.
Me encogí de hombros. Lo mejor habría sido darle la respuesta que quería, para que se fuera: me causa placer.
La droga no causa placer. Para un yonqui, la droga es importante porque es lo que causa la adicción. Nadie sabe lo que es la droga hasta que tiene el síndrome de abstinencia".
("Yonqui", William Burroughs, 1953)
Lo que sucede con Burroughs cuando estás frente a un texto suyo es que no podés abstraerte de lo que Burroughs te está mostrando: sus historias huelen a sucio, a la basura de la esquina, al asfalto de las ciudades. Los mundos que describe se ven grises y uno todo lo ve gris porque, en efecto, este viejo que accidentalmente mató a su esposa de un disparo no quiere contarte las cosas haciéndolas bonitas, sino que te las cuenta simplemente como son.
En la vereda de enfrente ––aunque, claro, dentro del movimiento––, se encuentra el que todos los beats consideraban el mejor: Jack Kerouac.
"Aquel último día en Frisco* la calle Mission era un gran lío de niños jugando, negros que volvían alegres del trabajo, polvo, excitación, la gran animación y el vibrante zumbido de la que sin duda es la ciudad más excitante de América... y por encima el puro cielo azul y la alegría del brumoso mar que se oye toda la noche y hace que todos tengan mayor apetito y más ganas de divertirse.
Me molestaba tener que marcharme; mi estancia había durado sesenta horas. Con el frenético Dean corría por el mundo sin oportunidad de verlo. Por la tarde estaríamos en Sacramento, zumbando de nuevo hacia el Este".
("En el camino", Jack Kerouac, 1957. *Frisco, por San Francisco)
¿Por qué, más arriba, dije que Kerouac se encontraba en la vereda de enfrente? Porque, a diferencia de Burroughs, Jack Kerouac es el novelista con alma de poeta, el que describe la belleza de lo triste y el color profundo y claro de la inmensidad. Toda su obra es atravesada, además de por el frenético ritmo de su prosa viajera, por un inocultable espíritu de desesperanza y redención.
Y si bien "En el camino" es su novela más reconocida y mejor lograda, yo creo que existe una mejor: "La vanidad de los Duluoz". Allí, un Kerouac ya maduro nos cuenta sus años jóvenes entre el desempleo y el estallido de la Segunda Guerra con él a bordo de un carguero atacado por submarinos alemanes, y luego de regreso a Nueva York para encontrarse con sus nuevos amigos con quienes, más adelante, formaría ese grupo de narradores y poetas locos, marginados y crudos de los que quise hablar en esta nota.
La generación beat dejaría un legado de búsqueda espiritual y acercamiento a las raíces que pronto, unos años después, allanaría el camino para la llegada de los hippies.
La prensa norteamericana no siempre los trató bien, y con el tiempo la pacata sociedad consumista del mundo libre se encargaría de ridiculizar a este movimiento acuñando un nuevo término para identificarlos y banalizarlos: beatniks. En otras palabras, los convirtió en una moda.
Para terminar, un momento genial de Los Simpsons, donde Ned Flanders nos revela que su padre era, precisamente, un beatnik.
De todas maneras, ya nos volveremos a encontrar con Kerouac y Burroughs en las páginas de este blog.
La feria del libro de Buenos Aires es el encuentro cultural más importante del país. Hace unos días el filósofo y crítico literario Juan José Sebreli la definió como "el evento para los que no leen libros", y si bien esto puede ser cierto, también es verdad que al menos a mí me alegra mucho ver semejante cantidad de público ––alrededor de un millón de visitantes–– dando vueltas por la feria.
Para ser best seller en Argentina tenés que vender diez mil ejemplares de tu libro, y si por la feria pasan un millón de personas en veinte días, y si este millón de personas se abocara realmente a la literatura el resto del año, bueno, la cuenta daría cómodamente para que muchos escritores fueran best seller. Y todos felices. Pero, en fin, dejemos de soñar por ahora.
Este año me tocó participar de dos entregas de premios ––saqué un segundo premio con mi cuento "Clavelina en la puerta", y primera mención con mi ensayo histórico sobre Artigas, ambos premios de los concursos participativos de UPCN que pueden leer en mi blog de cuentos http://www.lanzacuentos.blogspot.com––, decía entonces, este año participé de esos dos eventos y también la visité el primer día cuando la inauguró Quino.
La feria está hermosa.
Los stands venían repitiendo su diseño en las ediciones anteriores, y año tras año uno tenía la sensación de estar volviendo a la misma gran librería recordada de memoria. Pero esta vez, quizá por tratarse de la edición número 40, los stands se remodelaron, se pusieron más modernos y creativos y vistosos ––increíble la rayuela Cortaziana colgante del stand de Alfaguara––, y aunque en las horas más concurridas es difícil pasearse entre las bateas sin ser apretado como una sardina, al menos la sensación es la de estar en una feria a la altura de lo que representa.
En cuanto a Quino, no pude verlo. Hice la cola con mi hija durante una hora para entrar al auditorio Borges, pero la presentación se atrasaba ––¿Por qué en este país nunca pueden cumplirse los horarios pautados?–– y la nena se ponía ansiosa y yo también me puse mal por la demora y finalmente nos cansamos y nos fuimos. Nos fuimos a seguir recorriendo la feria, y acá viene la parte en la que hablo de los libros.
Los libros son caros. Eso ya lo sabemos. Y la feria no es la excepción. Esto, sumado a la incomodidad que se presenta al tener que hacer una fila de por lo menos quince personas para llegar a la caja para pagar tu libro, bueno, básicamente por esto me fui de la feria casi con las manos vacías. Solo compré "La otra playa", que es la novela ganadora del premio Clarín 2012, y para mi hija llevé un libro genial de un escritor brasileño hasta entonces para mí desconocido que se llama Ziraldo, y que tiene un excelente libro infantil titulado "El polilla", la historia de un chico demasiado travieso y pillo pero de un enorme corazón. Sobre estos dos libros hablaré más adelante en otras entradas.
Hoy es 11 de mayo. Desde el ventanal del café Havanna de Caseros veo caer la lluvia gruesa sobre el gris silencio del domingo a la tarde: mi barrio todavía duerme la siesta. La feria del libro de Buenos Aires termina mañana. Tengo ganas de ir una vez más para despedirla hasta el año que viene. Pero mañana trabajo, y la feria tiene que irse a descansar.